• Cameron retoma el mensaje sobre las consecuencias negativas que tendría el divorcio con Europa

 

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El referéndum sobre la continuidad de Reino Unido en la Unión Europea ha conducido al proyecto comunitario a un territorio desconocido cuyas implicaciones van más allá del futuro más reticente de sus miembros. Si la primera votación en materia de Europa que los británicos afrontan en más de cuatro décadas se salda con la inédita salida de un Estado-miembro, el bloque occidental se enfrenta a incógnitas que deberán ser resueltas sobre la marcha y en una atmósfera de reticencia extrema entre socios que, a priori, querían mantener su matrimonio de conveniencia.

Aunque la última palabra la tiene un electorado dividido durante meses, la visión extendida entre el establishment tanto al norte del Canal, como en Bruselas, es que la permanencia es la opción menos mala para Reino Unido. El consenso no sorprende puesto que, en primera instancia, el plebiscito había constituido la baza política de David Cameron para intentar imponer paz en un partido, el conservador, en el que la aversión hacia Europa supera en muchos casos la afiliación política.

La apuesta le ha salido cara a un primer ministro que no sólo ha puesto en jaque al Continente, sino la propia dirección de Reino Unido en el siglo XXI. La apuesta por mantener el vínculo con Bruselas nunca ha llegado a dominar y es difícil que, incluso en caso de victoria, el margen sea aplastante, pese a disfrutar del respaldo del Gobierno, de la práctica totalidad de las fuerzas políticas, de la mayoría de los empresarios, del Banco de Inglaterra, de organismos supranacionales como la OTAN, el Fondo Monetario Internacional, o la OCDE y de un amplio espectro de economistas y politólogos.

Dos bandos bien diferenciados

Un análisis de la trayectoria de los bandos que polarizan la votación lleva a cuestionar la efectividad del contingente pro-UE y de los poderes fácticos. El frente que propugna el Brexit constituye una heterogénea amalgama sin líder específico en la que han convivido desde el UKIP, una formación popular en un segmento de la población, pero con un solo diputado en el Parlamento; colectivos con agendas marcadamente dispares e, irónicamente, casi la mitad de los integrantes del grupo parlamentario conservador, de entre quienes destaca uno de los contendientes a relevar a David Cameron al frente de los tories, Boris Johnson.

El único punto tangencial que comparten es la salida de la UE, más allá de prometer prosperidad, apenas han logrado transmitir qué escenario plantean para un futuro fuera de los Veintiocho y sus argumentos fundamentales se basan en denunciar las advertencias de quienes defienden el statu quo, pero, aún y así, los partidarios de abandonar Europa han logrado reunir una cuota electoral con potencial para reescribir la historia del Viejo Continente. Si su punto débil ha sido no haber presentado una alternativa al panorama conocido, la permanencia, Stronger in Europe (Más Fuertes en Europa) tampoco ha sabido explotarlo.

De hecho, una de las dificultades con las que ha tropezado el bando pro-Bruselas es, precisamente, la necesidad de desmontar la desconfianza que la maquinaria comunitaria todavía genera en la ciudadanía: la actitud de los defensores de la continuidad, sustentada en una pasiva conformidad con lo establecido y el alarmismo contra el cambio, contrasta con el declarado rechazo de sus rivales, quienes se han aprovechado del aumento de protagonismo que el factor inmigración ha ido ganando en la campaña.

El argumento de la inmigración

No en vano, el elemento común entre los electores que han decidido que votarán salir es la inquietud por el incremento de población foránea y el descontento con un Gobierno que, en 2010, había prometido reducir la diferencia entre los que entran y los que salen por debajo de 100.000. Las cifras no ayudan: el total actual, 330.000, es la segunda cifra más alta registrada y en el caso de los comunitarios ha alcanzado un récord, 184.000. De éstos, hasta tres cuartos no responderían a los criterios de visado que pesan sobre los trabajadores de fuera de la UE, si bien es improbable que las restricciones afecten a quienes ya residen en suelo británico.

Por ello, el criticismo es inevitable entre quienes temen que la falta de entusiasmo y la estrategia de malos presagios lleven a Reino Unido a la puerta de salida. Resulta innegable que Stronger In no ha sido capaz de promover una campaña en positivo y su defensa de la UE, en lugar de despertar ilusión, se arroga a complejas estadísticas que pretenden probar la conveniencia de evitar territorio desconocido. El problema, los números no llegan a pie de calle, donde la UE siempre ha provocado suspicacias, por lo que quienes han logrado apelar al corazón del votante, basando su posicionamiento en consignas, en lugar de implicaciones específicas del Brexit, son sus partidarios.

La guerra de cifras entre bandos no ha hecho más que confundir un debate en el que apenas hay axiomas. La única certidumbre definitiva es que, de optar por abandonar, la decisión no tendría marcha atrás, según reiteró ayer el propio Cameron. Por contra, en el panorama que dejaría la permanencia, la porfía comunitaria siempre podría regresar transcurrido un tiempo, sobre todo, si el margen es reducido. Además, existe el riesgo de una crisis constitucional para la unión británica, puesto que territorios como Escocia, protagonista de un plebiscito de independencia hace menos de dos años, apoyan mayoritariamente la continuidad en la UE.

Temor al efecto dominó

Tampoco son escasos los dirigentes comunitarios que temen que el Brexit genere un efecto dominó entre otros integrantes de los Veintiocho, empezando por el presidente del Consejo. La opinión mayoritaria en el continente es que el divorcio británico amenaza con desencadenar un peligroso auge del populismo, pero Donald Tusk ha ido más lejos al asegurar que podría constituir el ?inicio del fin de la civilización occidental?.

Grandilocuencias alarmistas aparte, la ruptura implicaría inevitablemente una espinosa negociación para Londres, sobre todo por la vulnerable posición del Gobierno. Es complicado que Cameron saliese indemne, no sólo por cómo la campaña ha menoscabado su liderato, sino porque su legitimidad quedaría mortalmente dañada si el electorado ignora su consejo.

Proceso sin precedentes

Junto a la resolución de una profunda crisis política en casa, una potencial nueva administración debería resolver un proceso sin precedentes. Y para complicar aún más la tesitura, paralelamente el Ejecutivo tendría que retomar una gobernación que prácticamente ha quedado en modo de espera hasta la resolución del plebiscito.

Este nuevo capítulo tendría que acordarse con socios que difícilmente mostrarán empatía hacia quien ha decidido abandonar, a pesar de los compromisos que tanto costaron en febrero y que garantizarían para Reino Unido el ansiado estatus de verso libre de una Europa cada vez más cohesionada.

Así, la estrategia de Downing Street en las jornadas posteriores al referéndum será crucial. Una de las claves pasaría por una remodelación que permita reconciliar a las partes y enterrar un hacha de guerra capaz de escindir a la derecha británica. La incógnita es cuándo conviene acometerla para desactivar un potencial magnicidio, siempre que Cameron no se lo autoinflija: si inmediatamente después de la consulta, o aguardar al receso estival, o incluso al otoño, cuando se celebra el congreso anual del partido.

Fuente: eleconomista.es