Desde Jackson Hole se miró a las montañas Rocosas y se habló de subir tipos en EEUU. Sobre todo el vicegobernador de la Fed, Stanley Fischer, un gran ‘halcón’ de la institución.

El ojo avizor de la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, simuló el viernes desde el bucólico escenario de Jackson Hole, en Wyoming, los manierismos típicos de un halcón peregrino abandonando cualquier peculiaridad de paloma mensajera. En su discurso a los allí presentes la erudita que vela por salvaguardar la integridad de la política monetaria estadounidense precisó que «el argumento para un alza de tipos de interés se ha fortalecido en los meses recientes». «A la luz del continuado y sólido comportamiento del mercado laboral y nuestras perspectivas de actividad económica e inflación, creo que el argumento para un alza se ha fortalecido en los meses recientes», añadió alimentando así un posible ajuste monetario en su próxima reunión.

Un tono que terminó por resonar en los mentideros financieros, donde las expectativas sobre una subida de 25 puntos básicos el próximo 21 de septiembre registraron cambios al alza, pero en ningún momento llegaron a descontar un consenso mayoritario que apoye dicho movimiento. Según el indicador FedWatch, que elabora la Bolsa Mercantil de Chicago, sólo el 30 por ciento del mercado considera que el incremento llegará el próximo mes (un 38 por ciento según Bloomberg). Para la reunión que culminará el 14 de diciembre, las perspectivas que apoyan un cambio al alza superan ya a los más dóciles que consideran que la Fed no tocará los tipos este año.

La reacción inicial a las palabras de Yellen motivó una bajada momentánea en estas proyecciones, una subida del dólar y alicató las compras moderadas sobre el parqué. Al fin y al cabo, la máxima responsable de la Fed mantuvo la calma al asegurar que el organismo tiene herramientas necesarias para enfrentar la próxima recesión. Sin embargo, fue su mano derecha en la Fed, el vicegobernador Stanley Fischer, quien desató el malestar de los operadores al sugerir que el próximo dato de empleo correspondiente a agosto «será clave» para la decisión a tomar en septiembre, lo que provocó las compras en los principales indicadores americanos. «Estamos razonablemente cerca de lo que se considera pleno empleo (en julio la tasa de paro fue del 4,9 por ciento). La tasa de inflación de este año es más alta que la de 2015. Todavía no está en el 2 por ciento, pero es cada vez mayor», dijo a la CNBC.

Un mensaje que caló de mala gana entre los traders, pero que realmente no cambia las elucubraciones de muchas mesas de inversión. «Estos comentarios no son una sorpresa y seguimos viendo un 30 por ciento de posibilidades para una subida en septiembre, un 55 en diciembre y un 85 de que haya, al menos, un alza este año», especifica Ryan Sweet, de Moody’s Analytics.

Para Emanuella Enenajor, economista de Bank of América Merrill Lynch, el dato de empleo de agosto rondará los 180.000 puestos de trabajo, un nivel que justificaría subir tipos o mantenerlos intactos hasta diciembre. «Sólo hemos visto un repunte considerable de la inflación salarial en los sueldos bajos; las presiones al alza en las pagas generales deberían subir de forma más gradual», señala. Es importante tener en cuenta que en julio, la media de creación de empleos durante los últimos tres meses se situó en los 190.000 puestos de trabajo.

Levantar el vuelo

«Estamos muy centrados en evaluar las perspectivas económicas y hacer los cambios que sean apropiados, sin tener en cuenta el plano político». Con estas declaraciones esquivó la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, la ácida pregunta formulada por Peter Barnes, el reportero de Fox Business quien sugirió que los cambios monetarios pueden influenciar el resultado de las elecciones. Desde aquella intervención pública el pasado 15 de junio al término de la reunión del Comité Federal de Mercados Abiertos (FOMC, por sus siglas en inglés), la máxima autoridad en el banco central no se había prodigado por la escena pública. Recordemos que el último encuentro de la institución celebrado a finales de julio, no contó con la rueda de prensa o las proyecciones que se realizan trimestralmente o en un total de cuatro comitivas.

De ahí que durante las últimas semanas, el frenesí mediático de los medios financieros y las miras de los operadores se hayan centrado en el pequeño condado de Wyoming, que con una población aproximada de 10.000 habitantes y arropado por la cordillera Teton, acoge anualmente el simposio de Jackson Hole. Para los fervientes seguidores de arquitectos monetarios estadounidenses como William Martin, Arthur Burns, William Miller, Paul Volcker, Alan Greenspan o Ben Bernanke, este foro organizado desde 1968 por la Reserva Federal de Kansas y trasladado, posteriormente, como cebo para nutrir la pasión de Volcker por la pesca, se convierte en el escenario para digerir y escudriñar los últimos acontecimientos de la docena de bancos centrales regionales que componen la Fed.

Esta conferencia ha ganado tracción popular durante los últimos años, especialmente después de que Bernanke tentase en la convocatoria del 31 de agosto de 2012 con una tercera ronda de compra de bonos y activos ante la anemia sufrida por aquel entonces por la economía estadounidense. Sus palabras acabaron por hacerse realidad al término de la reunión del FOMC que tuvo lugar el 13 de septiembre de ese mismo año.

Tres años después, con un balance de 4,5 billones de dólares que promete convertir la obesidad monetaria en el nuevo peso ideal para los principales bancos centrales del planeta, una economía que crecía poco más de un 1 por ciento en la primera mitad del año y un mercado laboral tonteando con el pleno empleo, Yellen se enfrenta a su particular encrucijada. La baja inflación y la brecha de la productividad junto con sustos geopolíticos procedentes de China o Reino Unido o los vaivenes a la baja de los precios del crudo han hecho de su normalización monetaria y la cacareada divergencia con el Banco de Japón o el Banco Central Europeo un relicario de expectativas sin cumplir.

Tras instaurar con mucho mimo al mercado la primera subida de tipos de interés en más de siete años el pasado 15 de diciembre, los funcionarios de la Fed no han conseguido atinar con el calendario para su siguiente vuelta a la manivela que encarece el precio del dinero. Una decisión no libre de consecuencias. Si se retrasa más de la cuenta, el banco central podría generar una burbuja de activos; y con la renta variable habiendo sumado más de 1.416 puntos desde los mínimos alcanzados en 2009, la bolsa americana sigue a la espera del próximo ciclo bajista. Por el contrario, si se fuerza la máquina antes de tiempo, la aún enclenque recuperación económica podría frenarse.

Durante las últimas dos semanas, la retahíla de declaraciones por parte del presidente de la Fed de Nueva York, William Dudley, su homólogo en Atlanta, Dennis Lockhart, junto a las propuestas del presidente de la Fed de San Francisco, John Williams, quien apuesta por elevar la meta de inflación o eliminarla para centrar el objetivo en el PIB nominal, o las palabras de Esther George, la capitana de la Fed de Kansas City, el verdadero halcón del FOMC, volvieron a caldear el ambiente abriendo la caja de Pandora a una próxima subida de tipos que podría materializarse el próximo 21 de septiembre. Dudley y Loretta Mester, de la Fed de Cleveland, incidieron en mencionar septiembre durante el periplo de entrevistas con medios financieros que aderezó la conferencia.

Yellen, siguiendo la norma, no quiso saltarse el guión el viernes: no cerrar la puerta explícitamente a este movimiento. Sin embargo, al contrario de lo ocurrido en diciembre de 2015, su próxima decisión estará marcado por un factor añadido: las elecciones presidenciales a la Casa Blanca. «Si la Fed lleva a cabo lo que el mercado interpretaría como un error de política monetaria subiendo los tipos prematuramente en septiembre y la renta variable comienza a caer como lo hizo durante los dos meses posteriores a la subida de diciembre, la decisión podría afectar el resultado electoral», explica Philip Orlando, estratega jefe de la gestora Federated.

En este sentido, una subida de 25 puntos básicos, con los tipos actuales entre el 0,25 y el 0,50 por ciento y la tasa de interés neutral rozando el 0 por ciento, no supone un cambio drástico en términos monetarios, pero su simbología sería importante. «No quieren causar un efecto dominó antes de las elecciones», coincide en señalar James Lockhart, vicepresidente de W.L. Ross & Co. Una posición que llega respaldada por las expectativas del mercado.

La Fed se ha topado este año con una de las carreras presidenciales más peculiares de los últimos años. El republicano Donald Trump ha irrumpió en el ruedo electoral como un elefante en una cacharrería pero consiguió hacerse con la nominación del partido gracias al apoyo popular. Sus desatinos y alborotos verbales incomodan hasta al establishment republicano pero su mensaje ha calado entre un porcentaje considerable de votantes (no debemos olvidar que consiguió un número récord de votos en primarias).

Por su parte, la demócrata Hillary Clinton puede sufrir en las urnas el efecto de un traspiés en la economía o los mercados instigado por una subida de tipos antes de tiempo. Desde Citi, Willem Buiter y su equipo advertían esta semana que una victoria del multimillonario provocaría una caída del PIB de entre 0,7 y 0,8 puntos porcentuales. «La victoria podría prolongar y tal vez exacerbar la incertidumbre política y provocar un shock en los mercados financieros», avisaban desde el banco. Sus analistas siguen creyendo que diciembre será el momento adecuado para subir tipos si asumimos que Clinton ganará las elecciones.

El mercado como oráculo

Desde 1928, los derroteros tomados por el S&P han servido de oráculo a la hora de terminar quién logrará hacerse con el Despacho Oval el próximo 8 de noviembre. Con un nivel de acierto del 86 por ciento, si la bolsa americana mantiene un retorno positivo entre los meses de agosto y octubre, el partido en posesión actual de la Casa Blanca suele mantener la presidencia, es decir, cuanto más suba Wall Street más garantiza una victoria para Clinton. Si por el contrario, la renta variable sufre presiones a la baja durante dicho periodo, la oposición suele ganar las elecciones.

Para Sam Stovall, estratega de S&P Global, no está del todo garantizado que la Fed se cubra las espaldas y espere a subir tipos hasta conocer el resultado de las elecciones presidenciales. «Los datos históricos demuestran que la Rerserva Federal ha subido tipos poco antes de que los estadounidenses acudan a las urnas», advierte afirmando que existe la posibilidad de que Yellen y sus chicos suban tipos en su próxima reunión o en la que tendrá el 1 y 2 de noviembre, a seis días de las elecciones generales. «Los inversores deben estar preparados ante la posibilidad de posibles shocks para el mercado», reitera.

Si echamos un vistazo a todos los años en los que se han celebrado elecciones presidenciales desde 1956 se puede observar como en un total de 23 ocasiones la Fed subió tipos en el tercer trimestre y 33 veces en el cuarto. Sin embargo, si analizamos estos datos mes a mes durante los últimas tres décadas sólo se aprecia una subida de tipos entre septiembre y octubre y hasta cinco en noviembre y diciembre.

La última vez que el banco central se atrevió a mover ficha en el periodo que comprende el Día del Trabajo y la jornada electoral (que suele celebrarse durante la primera semana de noviembre) fue en 2004, cuando George Bush fue reelegido como presidente. Dicho esto, aquella supuso la segunda subida de tipos de un total de cinco, lo que indica que por aquel entonces Greenspan se encontraba en pleno ciclo de endurecimiento monetario y Yellen apenas ha iniciado el suyo.

Fuente: eleconomista.es